La vida crece... hay esperanza

21.04.2021
Una vida diminuta, suspendida en el aire, crece bajo el calor y el cuidado de mamá y papá.
Una vida diminuta, suspendida en el aire, crece bajo el calor y el cuidado de mamá y papá.

El goce del adentro... lo mínimo y lo íntimo guían la búsqueda de sentido. En medio de la oscuridad, las flores siguen buscando al sol.  

Seguimos en pandemia. Ha pasado más de un año desde que empezó todo y seguimos adentro atormentados con el tercer pico por el que atraviesa Bogotá y que ya tiene las unidades de cuidados intensivos al borde del colapso. 85.9% de ocupación hoy, según los datos oficiales. Por estos días el Covid es más contagioso y más letal, aseguran los expertos. Difícil no sentir angustia, difícil no sentir miedo y ansiedad ante un fantasma que sigue creciendo y ante la imposibilidad de ver luz al otro lado del túnel y de esperanzarse con un escenario próximo distinto a este.

Y como el mundo afuera aumenta en amenazas, he decidido mantener mi atención en el adentro, he decidido llenarlo de colores y de significados para disfrutarlo.

Mi nido... En la mañana el sol cae sobre un par de maticas de bailarinas y de pichones que se mantienen florecidas a diario suspendidas en el aire dentro de una matera que cuelga de la ventana. Junto a ellas paso mis días frente al computador.

También aprovecha los rayos de la mañana una matica de orquídeas mariposa que no florece hace días pero que sigue verde y bonita creciendo en hojas y enredando su raíz entre un sustrato de cáscaras de coco. 

A pocos pasos un pequeño jade hace esfuerzos por romper el trenzado de cuerdas que le ata las raíces como una maceta. Ya ha logrado soltar varios hilos. 

En el baño crece una Peperomia Rosso o "Peperonia velita" que mira hacia arriba como si encendiera las luces para mantenerse con vida. De vez en cuando ella, planta de sombra, sale a ver la luz.

El sol de la tarde cae en otro espacio. Ahí la iluminación les toca a la caléndula, el orégano, la hierbabuena, la albahaca y a una planta desconocida que he decidido llamar voluntad, porque nació sin invitación en una matera y crece con una voluntad de vida tan expansiva que me asombra todos los días. Una aplicación que ensayé indicó que puede ser un chile, pero esa misma aplicación dijo que una moringa era un cornejo sedos. Resulta que ni siquiera comparten la familia. De modo que no sé... en caso de ser un chile sería chile voluntad, aunque todavía no le he visto ningún fruto. Ya toma visos de pequeño arbusto.

La caléndula se da baños de sol verpertinos con flores amarillas que permanecen abiertas lo que dura el día. Ellas se pegan a la ventana y le sonríen a los rayos mientras las calienta.

Yo saludo las plantas de un lado y del otro todas las mañanas y celebro cada vez que veo que una nueva flor viene en camino.

La hierbabuena se ha expandido por la matera y a veces parece que corre a los codazos a la albahaca que lucha por sobrevivir y mantener su lugar. El orégano, aunque pequeñín, ofrece siempre suficientes hojas para la ensalada. Es de una enorme generosidad diminuta.

También crece en este lugar una pequeñísima planta de papa que sacó raíces de improviso cuando olvidé comer a tiempo los tubérculos de la cocina. Hoy intenta mantenerse en pie y conservar algunas hojas verdes mientras las raíces se extienden en una pequeña matera.

A diario una pareja de torcazas se asoma por la ventana. Miran hacia adentro, pasean por el marco exterior y levantan vuelo de nuevo. A veces les echo algunas semillas, las comen y nos miramos un rato.

Desde hace unos días les noté un interés particular por la matera flotante de la bailarina y el pichón. Vinieron varias veces a identificar el terreno y a repisarlo. Una mañana, sin más, encontré una acumulación de pajas entre bailarinas y pichones. En la tarde dejaron un par de hojitas. Luego quisieron acomodar cáscaras de pistacho, pero les resultaron tan duras que después de varios golpes con el pico las desecharon. Las pajas siguieron subiendo hasta acolchar lo suficiente el espacio. 

La construcción del nido duró cerca de una semana: acumulación y acomodación. Las vi clavarse de pecho contra las pajas por turnos y con la colita levantada dar vueltas sobre un mismo eje para darle forma a la cuna. Las ví reacomodar pajitas varias veces ultimando los detalles de la obra.

Ayer pasé un buen rato de la tarde junto a la albahaca, la hierbabuena, la caléndula y voluntad porque necesitaba el calor del sol de la tarde, de modo que no vi los procedimientos de la obra durante un tiempo largo, pero al regresar la encontré a ella echada en el nido reposando. Quise entonces cerrar la ventana para evitar los fríos de la noche. Ella se quedó mirándome y como quien habla en un lenguaje claro y contundente, se paró un poco, solo un poco, y se echó levemente hacia un lado: el huevo ya estaba ahí. Ella lo descubrió apenas un instante para que yo pudiera verlo. Entendí que me pedía no molestarlos los próximos días porque esa vida que ellos habían decidido gestar a mi lado, en un acto de sutil confianza (de los humanos nunca hay que confiarse del todo, pensarán con razón) ya empezaba a crecer sobre las pajas.

Esta mañana ella seguía ahí, enorme en su encrespamiento de madre que calienta y protege. Se le veía agotada. Nos miramos un rato y mientras prestaba atención a mis movimientos dio vueltas en el nido, abrió las alas y emprendió el vuelo.

El huevo quedó solo menos de 20 segundos porque al instante llegó él a relevarla. Ahí está desde entonces, a mi lado. De vez en cuando se despereza, sube las alas, se reacomoda, levanta la cabeza y le pone atención a los movimientos del parque. También de vez en cuando mueve el huevo, que es un poco más grande que una almendra y le da pequeños toques con el pico. Luego vuelve a su posición de cabeza gacha. Él mismo toma algo parecido a la forma de un huevo para empollar.

Leo que las Zenaida Auriculata demoran unos 14 días dentro del huevo y cerca de 30 en alzar el vuelo. Los padres y yo la esperamos con emoción.

La felicidad también está adentro, es pequeña, ronda en los detalles, camina por los rincones de lo íntimo y de lo mínimo.

Cuando veo el nido y el cuidado por turnos que dedican mamá y papá a su huevo, las angustias de estos tiempos se desvanecen, la vida sigue... hay esperanza.


Texto y foto: María Clara Valencia.