Un segundo en La Gran Apuesta

19.08.2020

La ambición nos ha llevado a la crisis, de manera cíclica. Vivimos de la ilusión que se esfuma al menor respiro.... y caemos, de nuevo. 

Los buitres sombrilla, que contienen la lluvia como el que contiene el derrumbe.
Los buitres sombrilla, que contienen la lluvia como el que contiene el derrumbe.

En estos días vi en Netflix La Gran Apuesta, una película de 2015, dirigida por Adam McKay,  que habla sobre la crisis inmobiliaria en Estados Unidos que empezó entre 2007 y 2008. La producción muestra el camino anunciado a la debacle y transcurre entre la certeza del horror que se viene: los trabajos perdidos, la gente sin techo, la economía hacia abajo, el hambre... y la astucia de los muchos que lograron ganar millones a costa del caos. Ahora cuando una nueva crisis económica, esta vez por cuenta de una pandemia, arrasa con los empleos en todo el mundo, las imágenes del horror presentido, calculado e investigado resultan muy reveladoras.

Ver la película a puerta cerrada en medio de un crisis que se abre paso entre el desempleo que crece, la violencia que se exacerba, los miles de letreros de arriendo que dominan las calles, la música que ahora va de puerta en puerta pidiendo una moneda o una bolsita de pan y en los gritos que se escuchan a diario por las calles pidiendo ayuda, es estremecedor. El filme es el reflejo de una sociedad enferma y ambiciosa, que cae en el abismo de manera cíclica por las ansias de poder de algunos y que se niega a sanar porque se mantiene aferrada a los privilegios de pocos y a la inequidad.

Vi la película a puerta cerrada mientras era consciente de que estamos presenciando el derrumbe, uno más, en directo, enclaustrada en mi lugar como si viviera en un oasis exento de caídas, o quizás rogando porque mi terruño y mi vida no caigan, en el hambre o en la peste.

La angustia del actor Steve Carell en su papel de Mark Baum mientras va descubriendo las artimañas de los bancos que conducen al caos sin que nadie diga nada ni intente detenerlos, es como la angustia nuestra de estos tiempos en los que vamos conducidos a ciegas, hacia la ruina de muchos, por una enfermedad que no terminamos de entender.

La película también me devolvió en el tiempo, a esos años previos a la crisis inmobiliaria cuando se anunciaban construcciones como si fueran frutas en cosecha, al alcance de todos. Fui varias veces a los Estados Unidos, enviada por el periódico en el que trabajaba entonces, a escribir sobre ese boom, a promocionar las enormes construcciones que crecían en el norte y que ponían a soñar a la gente del sur.

Miami se transformaba entonces. La ciudad que yo conocí y en la que viví un par de años una vida bohemia y feliz, en medio de músicos, artistas y escritores, lejos de los centros comerciales que la han hecho famosa, era otra. El antiguo barrio Wynwood, donde predominaban las bodegas viejas y la gente humilde, era ya un design district de moda. Los bajos edificios del norte de Miami donde vivían pensionados, caían para darle paso a grandes torres. El downtown, tan venido a menos, se tumbaba y se reconstruía entre calles angostas que prometían enormes trancones. La ciudad cambiaba y sobre todo se esperaba que cambiara su gente. Gentrificación de la más dura.

Recuerdo que fui a visitar una torre en Brickell, el distrito financiero de la ciudad. Unos agentes inmobiliarios intentaban convencerme de las maravillas de su proyecto mientras desde la ventana observaba el mar azul al fondo. Entonces bajé la mirada y vi una torre más que crecía pegada a aquella en la que estábamos. En menos de dos meses ese enorme ventanal solo miraría al ladrillo y perdería la luz. Sentí escalofrío, la edificación que crecía les raspaba las narices. Les pregunté al respecto a los agentes. "Es que el mar es solo para el que puede pagarlo. A los demás les toca atrás", me dijeron entre risas burlándose de que me sorprendiera la sombra de ladrillo que crecía a pocos metros de la ventana.

La crisis surgió porque los apartamentos se los vendían a cualquiera, sin importar su presupuesto, con la promesa de que podrían revenderlos fácil al usuario final, de que nunca iban a tener que pagar el precio total. Desde esa torre de Brickell veía crecer más y más torres, de lujo. ¿Pero quiénes van a ser los usuarios finales? pregunté. Ricos y famosos, me respondieron.

Como había vivido ahí, sabía que esa idea sobre los ricos y famosos era más un mito en un ciudad en la que en realidad la mayoría se rebuscaba intentando chapucear cualquier inglés. ¿Dónde están esos ricos? ¿de dónde los van a sacar? Pregunté. Vendrán, respondieron ¿Quién no quiere vivir en Miami?, sonrieron. ¿Hay industrias para ellos? ¿Quién es el principal empleador de la ciudad?, insistí. Las escuelas, me dijeron... Pura clase media sobreviviendo. Ese día supe, sin saber mucho de números, que la burbuja inmobiliaria se iba a estallar.

El último de esos viajes inmobiliarios fue a Nueva York, a donde invitaron a un grupo de periodistas internacionales a hacerle una entrevista a Donald Trump que por entonces lanzaba su edificio Trump Soho, una torre de 46 pisos que rompía toda la estructura del tradicional barrio bohemio, famoso por albergar artistas en antiguas bodegas y fábricas de pocos pisos. Mi misión era ayudar a hacerle publicidad al edificio para atraer inversionistas. A ese y al Beaver Tower, que también lanzaba en esos días Beaver, la empresa del guapísimo exnovio de Uma Thurman, André Balazs.

Tras entrevistar a Balazs, fuimos a conocer a Trump en la famosa torre dorada, luego de subir por un ascensor forrado en terciopelo rojo que me pareció lo más cercano a un cabaret. Y llegamos a su oficina, que tenía unos ventanales enormes al Central Park. Inmediatamente nos pasaron a la sala de juntas: un recinto dorado, lleno de espejos opacos que a mí me recordó a una taberna de pueblo. Solo le faltaba la bola de luz.

Trump entró con un séquito de asesores que se acomodaron a su lado, vestidos de negro, listos para intervenir ante cualquier incomodidad. Nos miraban con sospecha mientras sonreían hipócritamente y se miraban unos a otros listos para actuar. Cuando los vi lo primero que se me vino a la mente fueron los buitres de las películas de Disney, eran igualitos.

Y entonces empezó la rueda de prensa. Los periodistas hacíamos preguntas... sobre el edificio, la decoración, la inversión. Nuestra misión era promover la torre y ya, pero a mí me había quedado sonando eso de que Trump había quebrado la norma urbana de Soho para construir su mole enorme. Así que le pregunté algo sobre la posición de su edificio en ese contexto icónico. Trump soltó cualquier cosa medio burlesca y sus buitres saltaron ahí mismo con unas risas postizas, previamente entrenadas que, claramente, buscaban evadir la pregunta. No me volvieron a dar la palabra.

De ese viaje, en el que nos hospedamos cerca a la quinta Avenida en un hotel de lujo por el que solo circulaba el aire artificial, pues tenía las ventanas herméticamente selladas, escribí una historia que contaba los detalles arquitectónicos y de inversión de la Trump Soho. Pero pocos días después de mi regreso, vi que en el periódico salía la primera noticia sobre un descenso en los precios de la vivienda en Estados Unidos. La publicación de mi historia se aplazó. Las semanas siguientes salieron varias noticias... anunciando un bajón, una posible crisis. Así, la historia de la torre Trump quedó aplazada a la espera de mejores tiempos. Salió mucho después, cuando ya se estaban calmando las noticias de la tormenta. No faltaron inversionistas.

Así viví la Gran Apuesta, por los laditos, presintiendo, sin números, que había algo que no estaba bien en ese enorme auge inmobiliario que no tenía compradores finales. Y pasé unos segundos junto a Trump que estaba montado en ese negocio a punto de colapsar.

Años después él llegó a la Casa Blanca en un año extraño en el que el mundo, encabezado por Colombia, le dijo no a la esperanza. Era 2016. El llegó construyendo muros rodeado de los buitres que le siguieron el paso. Llegó con la promesa del sueño americano que es parecido al inmobiliario... y los votantes lo eligieron. Hasta que una nueva crisis se impuso. Él, entre sonriente, prepotente y burlesco, ha seguido evadiendo la realidad para proteger su ambición electoral.

 Se acercan las elecciones en Estados Unidos... ¿Quién estará a cargo de recomponer el camino? En este año, en el que ha sido la esperanza la que nos ha dicho que no, quién sabe.

Texto: María Clara Valencia. 

Foto: Disney Wiki. Blanca Nieves.